martes, 18 de noviembre de 2008

En una Edad de Oro, el ser y el estar del hombre imaginario coincidía. El conocimiento era laarmonía, el amor y la complacencia. El tiempo y el espacio no existían hasta que se interpuso larealidad, del mismo modo que comenzó la diferenciación entre el ser y el estar. El hombre despuésde la caída guardó para sí un sentimiento ahistórico de una época en la que su ser no estabafracturado. De este pasado lejano, de este sentir originario se desprende la nostalgia. Se añora elespacio de una infancia colectiva, compensadora de una Historia casi siempre negativa. A esta infancia colectiva se le denomina tiempo original o paraíso perdido; en dicho espacio no eranecesario conocer ya que acción y contemplación no se diferenciaban